
Hacía tiempo que no le veía en directo y la ilusión pudo con el agotamiento conforme se acercaba la hora de apagar el ordenador y salir corriendo de la oficina en busca de Mónica... y, juntas, atravesar la ciudad hasta llegar a Vía Laietana - Plaza Urquinaona. Esa noche estaba
Mikel Erentxun en el Palau de la Música y no nos lo podíamos perder.
Cenamos algo antes de entrar y
ese espacio volvió a marcar un antes y un después en el ritmo de mis pasos.
Empezó el concierto entre la timidez de Mikel tras una gorra, un traje negro desenfadado y el sabor de esos acordes que recordaban mis discos más queridos:
El abrazo del Erizo y, sobre todo,
Acróbatas. Es curioso, me prometí sin saberlo (ni tan siquiera quererlo) hace unos años que no volvería a escucharlos si no era
a su lado y me he visto tarareando como nunca esas canciones, recuperándolas en mi día a día y sacándoles el polvo que estos años se había depositado sobre ellas. Ellas son parte de mis días, de mis noches, de mis ilusiones, creo que jamás he recibido un regalo con tanta ilusión como aquel
Acróbatas con el que jugábamos a hacernos mayores y puedo seguir defendiendo esas canciones como nunca.
En la primera parte del concierto toda la delicadeza de Mikel arropando y mimando su guitarra... y en la segunda toda la fuerza que hizo llenar de emoción y magia el lugar. No podía parar de cantar, le miraba y sentía que incluso me miraba.
El otro día en el Palau buscaba entre la gente a esa persona que compartió tantas cosas conmigo... y la encontré en cada una de sus melodías. Volveré a buscarte pronto... Te estoy viendo.
Ahora sé que estás...