
En el fondo de este rojo tan ardiente tengo ya a dos almitas que me han visitado y han dejado su huella: un
maquinista y un
cronopio azul, es maravilloso. Además, hoy en Barcelona hemos amanecido con un apasionado sol de primavera y una temperatura ideal para disfrutar de este lunes todavía festivo, el último de mis olvidables vacaciones de Semana Santa... así que, por lo menos, vamos a acabar bien.
"¿Qué habéis hecho estos días?", preguntaba ayer
L mientras nos invitaba a pasar la noche con unos amigos compartiendo risas...
Me encanta que hagas esa pregunta. Nosotros hemos estado por aquí, cabreando las 24 horas del día entre los 52 metros cuadrados del piso y, bueno, también he salido de vez en cuando a la terraza a respirar aire fresco y desesperarnos un poco más. Hemos visto alguna película, he comenzado a leer La sombra del viento, y algunos apuntes sobre escultura renacentista española, hemos comprado pan, hemos dormido incluso siestas (con lo que llego a odiarlas...) y ayer salimos a ver a mi familia a uno de los rincones que más malditos recuerdos me traen de mi época con V.
No hace exactamente un año porque la semana santa va cambiando de fechas cada año, pero por el lunes de pascua el año pasado, a eso de las 10:23h de la mañana... yo estaba entrando en
El Palentino, ese bar madrileño que hizo posible mi primer y único encuentro con
Andrés Calamaro, el más grande de mis mitos, el que me ha acompañado como nadie en tardes solitarias, en días tristes, en proyecciones para una nueva vida cada vez que me permito el lujo de querer cambiar lo que me rodea (aunque no siempre lo consigo), el veneno de mis noches de finales del 99 y comienzos del 2000, la alegría de mis mejores años en la universidad, esa música que me persigue en cada suspiro...
Ojalá pronto nos regale un concierto como los que dará el próximo mes de abril en el Luna Park. Ojalá todo cambie, ¿no? Mientras, yo espero... como las mujeres ausentes de Modigliani...