
No me importa lo que tengas que decirme, cierra la puerta y no vuelvas hasta que sea negra noche o cuando vuelva a amenecer en tu rostro. ¿Por qué no paras de perseguirme? Ya no tengo intimidad ni en el lavabo, como cuando vivía en aquella pensión familiar de la Calle Montserrat. Me llama bastante la atención tu mal humor de hoy, ¿a caso tuviste un mal desayuno? ¿Fue una mala noche? ¿Recuerdos del pasado? ¿Soy yo? Hoy me levanté tarareando aquello de
vidas que dejé cruzadas vienen persiguiéndome, con gripe estomacal (los medicos mienten) y bebiendo agua del grifo. Ya se que no te importa, que te he escrito infinitas veces hasta que la respuesta ha sido que
esa dirección no existe, como cuando envié aquél libro a Anje y nunca atravesó el umbral de su puerta, ni siquiera el brillo de sus ojos.
Tus ojos, seguro que ya no están tristes como los dejé hace años. Yo miro mi oreja todos los días en el espejo recordando lo único que seguimos teniendo en común, un ridículo piercing que defendimos a ultranza una fría tarde de invierno en Las Ramblas y en casa. Incluso al verlo y recordarlo vuelvo a sonreir, aunque sé que a tí te da igual.
He perdido nuestra foto, aquella de agosto del 99 en Igualada. Nunca me lo voy a perdonar. Igual alguien la encontró y se empeñó en
hacer olvidar lo poco que me queda de tí (¿y el recuerdo?).
De lo único que estoy segura es que me recuerdas en fechas como el 24 de marzo o el 15 de agosto... Que brindas conmigo en noviembre (3) y nunca te olvidas de mi rosa en Sant Jordi.
Ojalá nos veamos pronto, aunque tenga que ser a escondidas. Quizás sea así mejor.
Ahora que es 15 de abril, dices que me echas de menos... y yo me quiero reir....