
El sábado por la mañana, con la resaca de dos noches de emoción a flor de piel, me levanté temprano para poder visitar la exposición temporal del Museo del Prado, nada mejor para un fin de semana redondo.
R se quedó durmiendo (casi lo prefiero a que venga y nada más entrar me mire con cara de: "¿cuando se acaba esto para poder fumarme un cigarro?") y solita decidí levantarme y salir de la pensión de la calle León (sólo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega) camino a la calle Cervantes, la que me llevaría directamente a la rotonda de Neptuno. Pasé por un quiosco a comprar "El País" para leer las noticias del día y la crónica calamariense, entré a un bar con la incertidumbre del desayuno en una ciudad que no conoces como te gustaría y desayuné leyendo mi periódico al lado de un señor mayor muy amable que mientras leía el ABC tomaba su café con leche... y de ahí al Museo.
La verdad es que tenía ganas de ver esa exposición desde hacía bastante tiempo y no quería irme de Madrid (partíamos a mediodía de regreso en un largo camino en coche) sin verla. No me defraudó nada, es más, me encantó: Velazquez, Vicente Carducho, Nicolas Poussin, J. Bautista Maíno, Eugenio Cajés... ¡Una maravilla!
Cuando al regreso al hostal a recoger las cosas para irnos le conté a R que se me habían vuelto a poner los pelos de punta al ver la recreación del Salón de Reinos... esta vez no lo entendió... La exposición acaba éste domingo 27 y la verdad, a todos los que tengáis la posibilidad de ir a verla, ¡no os la perdáis!.