acróbatasBáilame el agua, úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto, sácame de quicio, hazme sufrir, ponme a secar como un trapo mojado, lléname de vida, líbrame de mi estigma, llámame tonto, olvida todo lo que haya podido decirte hasta ahora, no me arrastres, no me asustes, vete lejos… pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo, toca mis ojos, nota la textura del calor… ¿Por cuánto te vendes? Píllate los dedos, deja que te invite a un café… caliente, ¡claro!... y sin azúcar, sin aliento… |
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4º día en Roma (13-12-2005)![]() Amaneció un nuevo día en la ciudad eterna y quisimos que amaneciese para nosotros mucho antes que cualquier otro día porque era el que habíamos decidido dedicar a ver la Ciudad del Vaticano y Marcos nos advirtió de las horas de cola que había que hacer para entrar tanto a la Basílica de San Pedro como a los Museos Vaticanos. Después de dedicar, como cada día, nuestra media hora al desayuno, salimos del hotel dirección Termini para coger la línea roja que nos llevaba al Vaticano directamente. No nos imaginábamos lo que estaba pasando a esa hora en el metro y es que era imposible subirse a cualquiera de los vagones si uno padece de un poco de claustrofobia. Era imposible subir, no cabía ni una persona más y unos cuantos guardias se ocupaban de empujar a las personas, a apretujarlas para que las puertas se pudiesen cerrar. Decidimos no entrar después de dejar pasar 3 trenes y subimos a la Piazza del Cinquecento en busca un autobús que nos llevase en la misma dirección. Un alivio. Llegamos a la plaza de San Pedro del Vaticano a las 8:45h y estaba prácticamente vacía, con unos cuantos turistas (la verdad, muy pocos) y los trabajadores que estaban montando el belén en el centro, justo donde se sitúa el obelisco, y los que estaban colocando sillas para la audiencia papal del día siguiente. Puedo asegurar que el momento en el que entré por entre las columnas de Bernini que forman la plaza sentí que ese era otro de mis “momentazos romanos”, que lo iba a recordar siempre… Busqué en mi disco duro todo lo que recordaba de la universidad: una plaza construida entre 1656 y 1667, un lugar capaz de acoger grandes congregaciones de fieles, un lugar sobrio pero espectacularmente teatral, con dos brazos de columnas que simbolizan los brazos de cristo arropando a sus fieles, una plaza dividida en dos (una con forma trapezoidal y otra elíptica), una plaza espectacularmente grande… La verdad, jamás la imaginé tan grande y conseguimos situarnos más o menos en el centro para mirar a nuestro alrededor y sentir lo pequeños y minúsculos que somos en el mundo (seguro que eso es lo que pretendía Bernini, ¡bravo!). Después del momento que nos dejó callados por unos minutos decidimos dirigirnos a los Museos Vaticanos cuya entrada se sitúa en la parte de atrás. Marcos nos había advertido de las colas que bordeaban todo el conjunto de la Ciudad del Vaticano y, a veces, incluso llegaban a la plaza de San Pedro. Nosotros, un poco confusos de no ver a nadie por los alrededores, llegamos a las puertas del museo sin hacer ni un segundo de cola. Pasamos por los detectores de metales, subimos… nada, estaba prácticamente vacío. Siempre que imaginé visitar los museos imaginé un lugar lleno a rebosar de curiosos que sólo quieren pisar la Capilla Sixtina para decir que han estado, que dan una vuelta por los museos sin prestar demasiada atención a sus maravillas… pero ese día estábamos prácticamente solos… Nos adentramos en el entramado de salas de exposición por la Galería de los Mapas, una gran sala con una sorprendente colección de mapas del siglo XVI que deslumbra con el artesonado dorado del techo: brillante y espectacular. Como todo es tan precioso os animo a que lo veáis in situ y sólo destacaré tres o cuatro cosas de las que más me llamaron la atención. Mencionar, claro está, las Estancias de Rafael, una maravilla. Jamás pensé emocionarme tanto con “La escuela de Atenas” (dentro de la Estancia del Sello) en la que se reúnen los filósofos más célebres de la antigüedad y entre los que destacan: “Platón, en el centro, que indica con un dedo hacia arriba, mientras sujeta en la mano su libro Timeo; a su lado, se encuentra Aristóteles con la Ética; Pitágoras, en cambio, está representado en primer plano concentrado en explicar el diatesseron en el libro; recostado en los peldaños con la escudilla es Diógenes, mientras que apoyado en un bloque de mármol, ensimismado en escribir en una hoja, se halla el filósofo pesimista Heráclito, que se parece a Miguel Ángel, quien estaba pintando por aquellos años la contigua Capilla sextina. A la derecha, se pueden ver Euclides, que enseña geometría a sus alumnos, Zoroastro con el globo celeste, Tolomeo con el terráqueo, y por último, en el extremo derecho, el personaje con la gorra es el autorretrato de Rafael”. Y también me llamó mucho de las Estancias de Rafael la Estancia de Constantino, majestuosa, gigantesca, no deja indiferente… y tampoco dejan indiferente los Apartamentos Borgia. En la página web de los Museos Vaticanos están todos los recorridos descritos y merece mucho la pena. Cómo no, destacar también la Capilla Sixtina. Cuando entramos me di cuenta que estaba delante de una de las obras de arte más idolatradas de toda la historia y de todo el mundo. Miré al techo y lo comprendí todo: aunque Miguel Ángel nunca ha sido de mis preferidos estaba delante de su obra más conocida, la que aparece en todos los libros de texto, la que todo el mundo quiere ver en Roma porque, ¿todos los que visitan la Capilla saben que la Cúpula de San Pedro también es de Miguel Ángel? O ...¿Quién visita St Pietro in Víncoli en busca de su “Moisés”? Eso da igual, casi es de agradecer que todavía haya espacios en Roma "semi-vírgenes" para el turismo de masas. Pues bien, la Capilla Sixtina es espectacular, no lo voy a poder describir como me gustaría así que os animo también a verla in situ. No dejan hacer fotos, aunque yo hice unas cuantas (eso sí, sin flash, como debe ser) y tampoco había demasiados turistas en ella pese a ser el centro de atención de los Museos. Nos sentamos unos 15 minutos en los bancos que rodean la capilla a ver las maravillas del techo y también la pared del Juicio Final... Imaginé miles de veces a Miguel Ángel pintando por este lado y Rafael (con el que coincidió cronológicamente) al otro lado con las estancias... ¡qué maravilla! A mi, después de todo esto, lo que más me maravilló fue el Museo Pio Clementino (dentro de los Museos Vaticanos). Por él nos deslizamos en busca de muchas de las obras que son punto de referencia en la historia del arte de los libros. La primera que encontré fue el Torso del Belvedere, "un maravilloso roble privado de sus ramas y su follaje"... Así es como Winckelmann describía en el siglo XVIII este torso poderosamente modelado, obra del siglo I aC (y que tanto inspiró, cabe decir, a Miguel Ángel). Seguimos buscando..., todo el museo es una maravilla, una auténtica maravilla... y, poco después, encontramos el Apolo de Belvedere. Considerado en el siglo XVIII como el modelo de la Belleza, esta copia romana de una escultura griega del siglo IV a.C, es una maravilla de la modelación y el autor fue capa de dar al mármol la suavidad de un drapeado. Miércoles, 28 de Diciembre de 2005 09:18 #. Tema: Bon Voyage. Comentarios » Ir a formulario |
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