
Llego a casa después de la cenita con Laia y una tormenta de miedo; dejo las llaves encima de la mesa, saco el móvil del bolso y respondo un mensaje que llega desde Castelldefels; enciendo la tele mientras Buenafuente hace un monólogo sobre las canciones de Mecano que me saca más de una sonrisa... y enciendo el portátil. Miro el correo, abro el messenger para ver si hay alguien... nadie, cierro, paseo por blogs, fotologs y foros... Incluso abro el correo del trabajo (puf, lo cierro)... Decido apagar la tele y escuchar un poco de música antes de ir a dormir. Busco, rebusco... y aparece entre los mp3 una canción que me vuelve loca, es la elegida, suena sólo para mi COMO UNOS VIEJOS CALCETINES... Sueño, disfruto, decido acompañarme con una copa de vino mientras pienso en tí... y vuelve a sonar...
Hay canciones que son demasiado especiales...
Cuando las cartas salen malas
y van los dioses a lo suyo,
cuando la luna es un anuncio de neón,
cuando el silencio te apuñala
y te hipotecan el orgullo,
cuando el sol te pega un bofetón,
cuando las calles se amontonan
cuando no llegas a la cita
cuando los bares coleccionan ansiedad
cuando las fuerzas te abandonan
cuando la sangre se encabrita
cuando se marchita el carnaval
cuando se afilan las navajas
cuando se rompen las barajas
cuando el futuro imita al cobrador del frac
cuando agonizan las verbenas
cuando las penas se repiten
cuando los trenes se equivocan de ciudad
cuando los besos envenenan
cuando los huesos se derriten
cuando se gangrena la amistad
y demasiadas madrugadas amanece
nublado el corazón,
y demasiadas noches paso
durmiendo solo al raso
bajo el reloj
de la Puerta del Sol
con un oso y un madroño
preguntándole al otoño
quién le puso ese nombre de estación.
Cuando los ángeles blasfeman
cuando las secretarias lloran
cuando el teléfono se olvida de sonar
cuando los telegramas queman
cuando los celos te devoran
a la hora de la soledad
cuando los niños nacen viejos
cuando conspiran los espejos
cuando la carne sabe a carne de cañón
y el corazón hecho un guiñapo
como la lluvia en Buenos Aires
como unos viejos calcetines de ocasión
como una lágrima de trapo
como un domingo por la tarde
al volver del cine a la pensión.
Joaquín Sabina y Antonio García de Diego... pero en la voz de Miguel Ríos.