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Báilame el agua, úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto, sácame de quicio, hazme sufrir, ponme a secar como un trapo mojado, lléname de vida, líbrame de mi estigma, llámame tonto, olvida todo lo que haya podido decirte hasta ahora, no me arrastres, no me asustes, vete lejos… pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo, toca mis ojos, nota la textura del calor… ¿Por cuánto te vendes? Píllate los dedos, deja que te invite a un café… caliente, ¡claro!... y sin azúcar, sin aliento…

El Cupido de Falconet...

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El éxito real de Falconet llegó con el Salón de 1757, donde expuso el Cupido. El Cupido era un encargo de Madame de Pompadour y se ha convertido en una de las piezas más famosas de la escultura del Siglo XVIII. Falconet abordó un tema del que ya se habían ocupado, entre otros, Bouchardon y Saly. Madame de Pompadou había encargado el mismo tema a otro escultor pero el artista no había pasado del pedestal en forma de tambor. Ese Cupido estaba destinado a Bellevue, pero quizá al venderse la residencia en 1757 y ante los continuos retrasos del otro artista (Slodtz), madame de Pompadour abandonó el proyecto y lo reemplazó por una obra similar de Falconet, pensada para su casa de París.

 

Cupido, como dios y genus loci, preside sentado sobre una nube, en una pose de disimulo y burla. Es un niño, un bebé, convertido en una miniatura por cariño. La estatua encarna la atracción y la amenaza del amor. Desde un perfil, Cupido aparece con el dedo sobre los labios, pidiendo discreción e intimidad, el extremo de su aljaba es el único indicio de que hay algo más. Desde el otro lado, y desde el frente, se ve claramente que con la mano izquierda saca una flecha de la aljaba; una ambigüedad que queda patente ya en el ademán del dedo, que pasa a ser más signo de amenaza que de conspiración. Y, por último, toda la ambigüedad del Amor se personifica en el ramillete de rosas tallado debajo de la nube.

 

La estatua está perfectamente preparada para entrar en un cuadro de Fragonard, para convertirse en la dínamo que envía ondas de energía erótica en cada rizo y trazo de pintura. El Cupido de Falconet es un niño, pero también un juguete, travieso y encantador, pero paradójicamente poderoso. Pueden tallarse otros dioses y diosas como simple representación de la mitología pero este dios es real, como se conoció unánimemente en el siglo XVIII. Preside realmente las artes, desde la Peregrinación a Citera de Watteau hasta las Bodas de Figaro de Mozart. Su concepto es obvio, pero con esa obviedad propia de los genios.

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(Mezclando apuntes y el libro de M. Levey "Pintura y escultura en Francia. 1700 - 1789").

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¿A ti te mira?

Martes, 26 de Junio de 2007 20:35 Autor: acrobatas. #. Tema: ArteHistoria.

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