
Píntalo todo de plata... Píntalo todo de plata... Píntalo todo de plata...
Lo pienso una y otra vez. El ascensor huele a tabaco, el portal está vacío, la calle desierta. Compro el periódico, cruzo la calle hasta la plaza de la iglesia, pido un café con leche y espero mientras me empapo de sol. Las hojas en el suelo. Verdes, amarillas, naranjas, marrones. Las palomas revoloteando a mi alrededor mientras les suplico que se vayan. Una libreta que me pide tregua. Un corazón que me pide más. El sabor amargo de los lunes. Las noches sin poder dormir, con el miedo por encima y por debajo de la piel. Y palabras que cuelgan de hilos a mi alrededor, poemas que se evaporan cuando intento alcanzarlos. Kavafis, Gamoneda, Montero, González, Gil de Biedma, Neruda, Alberti. Los busco con los ojos, están escritos a mano, con tu letra, tu letra tan exacta. Y, después, una road-movie que corre demasiado deprisa. Diciembre, di.
Y no parar de hablar hasta las doce, de mirarnos a los ojos hasta las tres, de olvidarnos de todo hasta las seis y comenzar a soñar, o seguir soñando, que de eso se trata, en una ciudad extraña pero... tan nuestra... Y despertar, y correr, y desaparecer. Que el otoño trae también colores para quién quiere verlos, que el sol (llámalo sol, por ejemplo, como Lorenzo) te mima y te protege, te llena de luz y calor. Que, como siempre me cantas, "nada debería estar prohibido"...
Pintándolo todo de plata...