
Y ando despacio, de la cama a la cocina, con los pies fríos y cansados, con los ojos abiertos pero pequeñitos, con las manos blandas y secas, arrastrando la resaca de una noche llena de bombillitas de color rojo por todas partes que no resistieron un segundo asalto. Son más de las nueve y suena Pedro Guerra insistiendo en todo eso que nosotros creemos evidente. Evidentemente inexistente, evidentemente extraño. Y no hay momento para relajarse, ni para dejarme suelta para andar hasta ese precipicio en el que no quieres que caiga. Nunca más. Yo tampoco quiero dejarte de la mano, quiero que te quedes ahí, quieto, cerca, muy cerca, como en aquél capítulo de Rayuela. Y cuando ya casi veo la luz que entra por la ventana abierta de la cocina, en la que no hay rastro de la fiesta de ayer, me tiemblan los nudillos de las manos al descubrir que ya no hay rastro de los desayunos descalzos de amor.
Gracias por el zumo...