Báilame el agua, úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto, sácame de quicio, hazme sufrir, ponme a secar como un trapo mojado, lléname de vida, líbrame de mi estigma, llámame tonto, olvida todo lo que haya podido decirte hasta ahora, no me arrastres, no me asustes, vete lejos… pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo, toca mis ojos, nota la textura del calor… ¿Por cuánto te vendes? Píllate los dedos, deja que te invite a un café… caliente, ¡claro!... y sin azúcar, sin aliento…
Hoy he estado comiendo en casa con mamá, papá y Ru. Hemos llegado un poquito antes de lo esperado, la comida estaba puntual y riquísima (como siempre), la mesa puesta, las sonrisas encendidas y brillantes. A papá le dolía una muela, mamá regaba las plantas del jardín, ambos están morenísimos. Nina ladraba al vernos, saltaba de alegría. Están pasando unos días por aquí pero tienen pensado irse en una semana, otra vez, al pueblo. Les veo muy poquito últimamente y les echo tantísimo de menos...
Papá empezará a plantar la semana que viene el huerto, mamá va al gimnasio desde hace un tiempo. Él echa la partida en el bar de la gasolinera todas las tardes y ella va a tomar café a casa de mi tía Dionisia, él celebra el triunfo de liga del Madrid y ella me dice que cuando vuelva a Madrid quiere venir conmigo a ver cosas.
Desde que he vuelto al trabajo y me he sentado en mi mesa no paro de darle vueltas a esta canción, de arriba a abajo... y no paran de pasar por mi mente, como si tuviese diapositivas en la frente, fotografías de mi familia, momentos inolvidables en el pueblo cuando era más pequeña... Cuando leía los cuentos del kiosko de mi tío Joaquín, cuando molía el café en la cocina de mi abuela (me encanta el aroma del café recién molido, muchísimo)... No puedo parar de pensar en mis abuelos, que ya no están, desde hace mucho tiempo... Ni siquiera puedo borrar de mi mente la imagen de mi abuelo Dionisio (al que ni siquiera conocí) tal y como me lo ha recordado mi padre hoy, presumido, siempre con traje y corbata, sacando brillo a los zapatos todas las noches antes de irse a dormir. Y le veo siempre en blanco y negro, como en las fotografías.
Nostalgia...no se puede vivir sin ella, a pesar del dolor y la impotencia que produce.
Yo también tengo fotografiadas en mi cabeza muchas personas a las que cada vez quiero más. Por eso, ahora procuro ponerle remedio antes. Me ha encantado la canción. Besos, Ignacio