Báilame el agua, úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto, sácame de quicio, hazme sufrir, ponme a secar como un trapo mojado, lléname de vida, líbrame de mi estigma, llámame tonto, olvida todo lo que haya podido decirte hasta ahora, no me arrastres, no me asustes, vete lejos… pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo, toca mis ojos, nota la textura del calor… ¿Por cuánto te vendes? Píllate los dedos, deja que te invite a un café… caliente, ¡claro!... y sin azúcar, sin aliento…
Te leo muy despacio. Apenas sin rojo, sin azul. Me detengo en todas las vocales, las redondas y las alargadas, las que lo envuelven todo y las que dejan un cielo abierto por encima de ellas. Imagino cómo has ido componiendo los versos, las rimas equivocadas y las acertadas, los endecasílabos con diez, que me convencen y me riman. Los sonetos perdidos por el enter del teclado, los acentos que dividen lo indivisible, las eses que sobran -al final-. Y me vuelvo a parar para mirar por la ventana, enciendo un cigarro mientras me asomo al vértigo del sexto piso, al atardecer que me has prometido para el lunes que viene, y casi casi casi puedo comprenderte, ahí arriba, mirando más arriba con ojos abiertos y las manos en las orejas, como cuando no haces más que pensar.
... y suena una canción que no tiene nada que ver con ese momento pero que haces tuya, muy tuya.