Báilame el agua, úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto, sácame de quicio, hazme sufrir, ponme a secar como un trapo mojado, lléname de vida, líbrame de mi estigma, llámame tonto, olvida todo lo que haya podido decirte hasta ahora, no me arrastres, no me asustes, vete lejos… pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo, toca mis ojos, nota la textura del calor… ¿Por cuánto te vendes? Píllate los dedos, deja que te invite a un café… caliente, ¡claro!... y sin azúcar, sin aliento…
Que te sientes, justo ahí, en la mesa de al lado (pero enfrente), que dejes el sombrero encima del sillón y mires a izquierda y derecha, buscando un hueco vacío en el aire. Que bajes la mirada para desabrocharte la chaqueta, que te la quites y te pongas cómodo. Que no sepas qué hacer con las manos. Que sonrías cuando venga el camarero a tomarte nota y pidas un chocolate caliente porque son las cuatro y diez. Que sigas mirando, con los ojos grandes, - y no me veas-. Estoy aquí. Que te detengas en el pájaro que revolotea en las mesas de la entrada, que le sigas el vuelo hasta perderle de vista y vuelvas al negro de la mesa, al rojo de las paredes y el verde de la chaqueta de la chica que acaba de sentarse al fondo. Que saques el libro que estás leyendo pero lo dejes sin abrir encima de la mesa. 84, Charing Cross Road (en perfecto francés). Que vibre tu móvil en el bolsillo izquierdo de tu pantalón pero no lo saques, no lo cojas. Que venga el camarero hacia tu mesa, que primero se acerque a la mía para dejar mi café con leche y desvíes tu mirada hasta mi cuaderno negro, y entonces pienses que me conoces de algo pero no recuerdas de qué. Que me sonrías y bajes la mirada pensándome, pero sin levantarte. No te muevas de ahí.
Buena canción la que has dejado hoy para recreo de nuestros oidos. Sólo pasé a dejarte un beso ya que hace días que no sé nada de tí. Pues lo dicho, Besos, muchos Vanessa