Báilame el agua, úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto, sácame de quicio, hazme sufrir, ponme a secar como un trapo mojado, lléname de vida, líbrame de mi estigma, llámame tonto, olvida todo lo que haya podido decirte hasta ahora, no me arrastres, no me asustes, vete lejos… pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo, toca mis ojos, nota la textura del calor… ¿Por cuánto te vendes? Píllate los dedos, deja que te invite a un café… caliente, ¡claro!... y sin azúcar, sin aliento…
Ayer hice una de esas listas que, normalmente, se hacen para año nuevo. Una de esas listas que van a cambiar tu monotonía, tu insatisfacción y tu desespero, la irritación del día a día, la cobardía de los pasos. Una de esas listas que se olvidan tres días después. Creo que fue David el que una vez me dijo que él hacía muchas listas de esas, contínuamente, y que, casi siempre, las dejaba olvidadas a los pocos días. Yo no he hecho muchas listas de esas en mi vida pero sí que es cierto que las pocas veces que las he hecho me ha dado miedo volverlas a mirar.
Siempre lo he dicho, mis años no empiezan en enero, empiezan en septiembre. Y, este año, me avanzo dos meses y me propongo estos 60 días para cumplir los 11 puntos de mi lista. Alguno de esos puntos son ridículos, algunos necesarios y otros, si me apuro, imposibles... pero lo voy a intentar.