Báilame el agua, úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto, sácame de quicio, hazme sufrir, ponme a secar como un trapo mojado, lléname de vida, líbrame de mi estigma, llámame tonto, olvida todo lo que haya podido decirte hasta ahora, no me arrastres, no me asustes, vete lejos… pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo, toca mis ojos, nota la textura del calor… ¿Por cuánto te vendes? Píllate los dedos, deja que te invite a un café… caliente, ¡claro!... y sin azúcar, sin aliento…
Fugaz. Muy rápido. Inconsistente, impenetrable, inaccesible. Veloz. Y siempre el mismo color.
Aún así, tengo tiempo de abrir (sólo un poco) la cortina rota de la ventana más grande de la habitación, mirar por la rendija y con un sólo ojo, guiñando el izquierdo (por si me puedes ver del otro lado), intentar llegar al infinito del otro lado del parque. Lo veo todo demasiado grande, demasiado vivo. Pasan, esta vez despacio, las tres horas en la que espero una señal de humo desde el otro lado de la calle, del otro lado de aquél poema visual que te tatuaste en el brillo de los ojos y en el aliento que dejabas cada tarde en mi espalda.
Tres horas lentas, torpes, macizas, ricas, agujereadas. Eternas. Y cruzo los dedos, disimuladamente, a oscuras. No me puedes ver. Y cuento hasta cien y hasta mil, el tiempo que seguiré estando atrapada en azul.