Báilame el agua, úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto, sácame de quicio, hazme sufrir, ponme a secar como un trapo mojado, lléname de vida, líbrame de mi estigma, llámame tonto, olvida todo lo que haya podido decirte hasta ahora, no me arrastres, no me asustes, vete lejos… pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo, toca mis ojos, nota la textura del calor… ¿Por cuánto te vendes? Píllate los dedos, deja que te invite a un café… caliente, ¡claro!... y sin azúcar, sin aliento…
Si, por encima de las piedras, de los cristales rotos, de las repeticiones que ya no sabes esquivar. Por encima de los límites que te pones, al saltar al acantilado, por debajo de las sábanas... ¿sabes volar?
Me lo prometiste.
Que lo harías.
Que saltarías.
Siempre.
Y ahora no te encuentro. Ahora sólo caes a lado y lado de los besos, por el otro lado de la cama, cuando estiro la mano y no hay nada, cuando hablo con las paredes amarillas por el humo, cuando siento que estás construyendo una pared y que, para llegar a ti, soy yo la que tiene que volver a aprender a volar, de la forma que tú quieres que lo haga. Y me da pereza, te juro que me da pereza.
Pierde el miedo y las cruces, no mires por otro lado los colores que me pintan y me bañan, deja de contar las vueltas que le doy a la peonza... Deja de quejarte de los tiempos muertos y vuela como me dijiste que sabías hacerlo.
Quiero decirte que me encanta como escribes, la perspectiva tan singular que tienes de las cosas más cotidiana, tu manera de mirarlas y enseñárnoslas, y como juegas con las palabras. Desde hace tiempo este blog se está convirtiendo en uno de mis favoritos.
"Ahora sólo caes a lado y lado de los besos...". Esa frase es de lo mejor que he leído últimamente. Como han dicho antes, tienes una forma única de ver lo cotidiano. Única y fantástica.